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Por Ítalo Sifuentes Alemán
El escritor tacneño Modesto Basadre Chocano (1816-1903) es tío abuelo del historiador tacneño Jorge Basadre Grohmann (1903-1980). Escribió el 14 de julio de 1883 el artículo titulado “El hombre primitivo”, en el que brinda importantes informaciones tras su recorrido por diversos lugares del sur del país, entre ellos, Ilo, Ite, Locumba, Tambo, Arequipa, Tacna. Este y otros artículos están reunidos en el libro Riquezas peruanas, colección de artículos descriptivos escritos para La Tribuna (imprenta de La Tribuna, calle de Santa (antes Polvos Azules) 16. Lima, 1884. En el prólogo se lee: “Sabedores de que el señor Basadre había hecho estudios especiales en esas regiones, le pedimos su importante cooperación, suministrándonos los datos que hubiese podido reunir en sus penosas exploraciones por aquellas comarcas. Este caballero, lejos de excusarse, ha correspondido espléndidamente a nuestro pedido, redactando para La Tribuna los artículos que, después de publicados los días sábados, reunimos hoy en un volumen”.
A continuación, la primera parte de su artículo:
“El puerto de Ilo se hallaba situado en la embocadura del río, que riega el fértil valle de Moquegua, con sus renombrados viñedos. La hacienda de los Cornejos de Ite, se hallaba situada en la embocadura, al lado sur del río, que riega el valle de Locumba. Tanto el pueblo de Ilo, cuanto la hacienda de Ite, fueron inundados por las impetuosas olas del mar, el día 13 de agosto de 1868, día memorable por el gran terremoto, que arruinó todas las poblaciones del sur de la república. Ambos territorios no son hoy día, sino vastos y desolados campos cubiertos de arena y cascajo. De Ilo a Ite, es decir, entre las embocaduras de ambos ríos, habrá una distancia de catorce a quince leguas; camino carretero y llano, antes frecuentado por millares de burros, que conducían los productos de Arequipa y valle de Tambo a los convenientes mercados de Tacna y Arica. Hoy ese camino se halla desierto y completamente abandonado. Los comerciantes de Arequipa, los hacendados de Tambo, ya no llevan por esa ruta sus harinas, alfeñiques, mieles, etc. Las harinas de Chile, los azúcares del norte del Perú, han destruido ese tráfico: los vapores han reemplazado a los burros en el carguío de esas mercancías.
El camino del valle de Tambo desemboca a la costa sobre la caleta de Cocotea; y, desde esa caleta se extiende la vasta pampa que conduce a la pampa de Silicate, lindante con el río de Locumba, llamado Ite en ese punto. Esas pampas, viniendo del norte al sur, se hallan limitadas a la derecha por las orillas del mar, a la izquierda por lomas, más o menos elevadas. En un punto llamado Icuy, se eleva el majestuoso cerro conocido en el país con el nombre de Puyte; desde el mar y a gran distancia se puede distinguir ese cerro, tiene de alto más de tres mil pies. En su mole, hacia la cumbre, se hallan gran número de vetas de cobre, antes elaboradas, hoy abandonadas y casi desconocidas. La cumbre del cerro se halla cubierta de escaso pasto, pero sí de muchísimas plantas del cactus giganteus, algunos de la altura de diez y doce varas. Sobre sus abundantes ramales, por siglos han anidado las águilas y halcones, muy abundantes en ese punto. El arisco y veloz huanaco también abunda en esas alturas, y muchas veces es perseguido por galgos, cuya velocidad de carrera es conocida. En días más felices, cuando el valle de Locumba era habitado por muchas familias de fortuna; cuando los Cornejos, Chocanos, Yañez, Vargas, Zeballos, etc., eran propietarios pudientes y acomodados, salían de las haciendas de Sitana, Locumba, Camiara, etc. partidas alegres y con numeroso séquito, a la caza del huanaco o del venado: esos campos, esas haciendas son hoy un desierto, una desolación. La guerra ha llevado allí el incendio, la degollación de sus pacíficos moradores, su ruina, su exterminio. Donde antes reinaba la alegría, donde se oía el canto y el sonido de la guitarra y flauta, hoy no se oye sino el graznido del cuervo, el lamento de la lechuza: apartemos la vista de tan tristes cuadros.
Marchando de Ilo hacia el sur, he dicho que a la izquierda se hallan las pampas limitadas por las Lomas. Estas alturas, en los meses de junio a diciembre, se hallan cubiertas de verde y abundante pasto, regadas por las leves lluvias, llamadas garúas. Como en los campos de Piura, dos o tres aguaceros abundantes, hacen brotar allí excelentes pastos e innumerables flores de colores vivísimos, de especial fragancia. El año 1824 los pastos eran más altos que un hombre a caballo: lo mismo sucedió en 1831; y el año 1846 sucedió lo mismo en los cerros de Talamolle. Los cerros de esas lomas en varios puntos, se hallan cubiertos de plantas, allí casi de árboles, de hielotropo, cuyas fragantes flores embalsaman gratamente la atmósfera. En muchas de esas quebraditas corren límpidos arroyuelos, que más abajo riegan los olivares, de que haré mención después. El temperamento, en esas comarcas es de lo más delicioso y templado: allí no se conocen ni los extremos del calor, ni los del frío. En las lomas nadie se enferma: todo es vida y placer”.
