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«El Gobierno aceptó el generoso concurso que ofreció para combatirla la
institución Rockefeller y bajo la hábil y entusiasta dirección del renombrado médico americano,
doctor Henry Hanson, la campaña continuó hasta la extinción de la epidemia», manifestó el mandatario
Investigación Ítalo Sifuentes Alemán
A continuación, se comparte el mensaje ofrecido ante el Congreso de la República por el presidente Augusto B. Leguía el 28 de julio de 1922
“El acontecimiento sanitario de más importancia realizado en el año ha sido la feliz terminación de
la campaña contra la fiebre amarilla. Tal enfermedad, que invadió nuestros territorios en 1919,
propagación de foco endémico que, durante muchos años existiera en Guayaquil, hizo estragos en
los departamentos de Piura, primero, y de Lambayeque y La Libertad, después, ocasionando no
pocas víctimas, obligando al Estado a adoptar una serie de medidas de profilaxis que motivaron,
inevitablemente, restricciones en el tráfico de nuestra costa.
La vigorosa y eficaz campaña emprendida por el Gobierno obtuvo los mejores resultados en el
departamento de Piura. Empero, habiéndose extendido la epidemia a los departamentos
últimamente citados, el Gobierno aceptó el generoso concurso que ofreció para combatirla la
institución Rockefeller y bajo la hábil y entusiasta dirección del renombrado médico americano,
doctor Henry Hanson, la campaña continuó hasta la extinción de la epidemia.
Desaparecido el foco endémico es dable asegurar que será muy difícil que, en lo sucesivo,
volvamos a sufrir los efectos del flagelo. La institución Rockefeller, que tan decididamente a
ayudado a nuestros organismos sanitarios en tan excepcional ocasión y que tomó a su cargo
considerable parte de los gastos que originó la lucha contra esa enfermedad, ha empeñado la
gratitud nacional y el Gobierno aprovecha esta oportunidad para declararlo así solemnemente.
Nuestra organización sanitaria, aparte de la modestia de los recursos de que dispone para hacerse
sentir de un modo eficaz, adolece del defecto de la centralización de los servicios, circunstancia
que impide, en muchos casos, atender, con la rapidez que ellas exigen, a las necesidades de las
provincias. Para remediar este inconveniente juzga el Gobierno que es necesario establecer en
cada capital de departamento una oficina de sanidad servida por un médico departamental y los
ayudantes e inspectores que el servicio demande”.
