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La carta que los peruanos y otros patriotas escribieron hace más de dos siglos, dice: “La primera generación independiente del Perú a los siglos futuros”
El 16 de mayo de 1822, luego de entonar el himno nacional, en ceremonia pública con la participación de José de San Martín, en la Caja del Tiempo pusieron medallas de plata las siguientes autoridades: el ministro de hacienda, el presidente de la Alta Cámara, el gobernador eclesiástico, el alcalde de primera nominación, el presidente de la Cámara de Comercio, y el rector de la Universidad de San Marcos
En una caja de plomo, acomodada en el centro de la piedra que la cobijaría y guardaría para las generaciones futuras, colocaron también una medalla de oro de las que en 1821 acuñaron para la jura de la Independencia de Perú; igualmente, una moneda de las provincias del Rio de la Plata, acuñada en 1813, una moneda acuñada en Bogotá en 1812, y una de Chile de 1819
“¡Señores! Este es el sitio memorable en que van a quedar depositados los nombres célebres del general San Martín, y de todos los jefes y oficiales que la ha acompañado en la gran empresa de libertar al Perú. Aquí quedan también el Acta del primer juramento cívico que hizo la capital de Lima, el Estatuto provisorio dado por el Protector del Perú, y la institución de la Orden del Sol, sancionada por él mismo. Por último, señores, aquí queda depositado nuestro honor nacional, con el que hemos prometido responder al mundo de la independencia que proclamamos: ¡LA PRIMERA GENERACIÓN INDEPENDIENTE DEL PERÚ A LOS SIGLOS FUTUROS!«
Partiendo “desde el Palacio del Gobierno hasta el segundo óvalo”, “el gobierno, el pueblo y el ejército concurrieron a solemnizar la augusta ceremonia de poner la piedra sagrada (con la caja de plomo) en el centro de la base del primer monumento nacional, elevado por la mano de los independientes”
A continuación, se comparte el documento completo:
Investigación: Ítalo Sifuentes Alemán
“El 16 de este gran mes, siempre célebre en la historia de la revolución de América, hemos mandado un mensaje a la posteridad, que llegará sin duda, y será recibido con entusiasmo. El gobierno, el pueblo y el ejército concurrieron a solemnizar la augusta ceremonia de poner la piedra sagrada en el centro de la base del primer monumento nacional, elevado por la mano de los independientes. El eco del patriotismo resonaba en toda la carrera de esta procesión cívica, desde el Palacio del Gobierno hasta el segundo óvalo: las calles magníficamente adornadas, brillaban con la alegría del corazón, que es la gala de un pueblo libre, en los días que celebra la restauración de sus derechos. Jamás ha visto Lima un aparato más racional, un concurso más numeroso, ni un espectáculo que llene el alma de pensamientos tan sublimes y de tan tiernas emociones.
Los que han tenido la gloria de contribuir a la independencia del Perú, se miraban en la posteridad desde aquel momento, y avivándose en cada uno el amor a la gloria ante ese venerable tribunal, que juzga con imparcialidad a los que ya no existen, todos hacían mil votos de sacrificar lo más sensible, para no perder lo más cara al corazón humano, que es el placer de servir a la Patria. En fin, a las cinco y cuarto de la tarde, después de haberse entonado la marcha nacional, S. E. el Supremo Delegado, con el ministro de estado, y el plenipotenciario de Colombia, condujeron la piedra sagrada, que se hallaba puesta a la izquierda del óvalo en un lugar suntuosamente decorado, hasta el sitio en que debía colocarse. Las autoridades constituidas, y la comisión encargada de la obra, con tantos individuos cuantos podían caber en aquel espacio, seguían a S. E. disputándose la gloria de poder decir que vieron con sus propios ojos lo que otros solo verán en la historia del siglo presente.
S. E. hizo una vehemente exclamación al pueblo, tomando en la mano una medalla de oro de las que se acuñaron para la jura de la Independencia: invocó con ardor el nombre de la Patria, el del Protector del Perú, y los del Libertador de Colombia y Director de Chile, jurando entonces de nuevo en medio del pueblo sostener su independencia, puso la medalla en una pequeña caja de plomo, que estaba acomodada en el centro de la misma piedra. El ministro de estado puso una moneda de las provincias del Rio de la Plata, acuñada en 1813, el plenipotenciario de Colombia puso otra, acuñada en Bogotá en 1812, el ministro de la guerra puso una de Chile del año de 1819.
El ministro de hacienda, el presidente de la Alta Cámara, el gobernador eclesiástico, el alcalde de primera nominación, el presidente de la Cámara de Comercio, y el rector de la Universidad de San Marcos pusieron medallas de plata, iguales a la del Supremo Delegado. Inmediatamente el ministro de estado subió a un lugar elevado cerca de la piedra sagrada, mostrando al pueblo un paquete que contenía varios documentos, e hizo la siguiente alocución.
“¡Señores! Este es el sitio memorable en que van a quedar depositados los nombres célebres del general San Martin, y de todos los jefes y oficiales que la ha acompañado en la gran empresa de libertar al Perú. Aquí quedan también el Acta del primer juramento cívico que hizo la capital de Lima, el Estatuto provisorio dado por el Protector del Perú, y la institución de la Orden del Sol, sancionada por él mismo. Por último, señores, aquí queda depositado nuestro honor nacional, con el que hemos prometido responder al mundo de la independencia que proclamamos.
Quiera el Supremo autor de los derechos del hombre, que si algún día, registrando la posteridad las ruinas de los tiempos antiguos, llegare a descubrir este depósito, lejos de maldecir nuestra memoria, lea con enternecimiento y gratitud la siguiente inscripción: LA PRIMERA GENERACIÓN INDEPENDIENTE DEL PERÚ A LOS SIGLOS FUTUROS!!!
En seguida puso este paquete en la misma caja, junto con una lista de los jefes y oficiales del batallón de Numancia, que el alcalde de primera nominación a nombre del general en jefe pidió se depositase, como un homenaje a la heroicidad que mostró aquel cuerpo, uniéndose el 3 de diciembre de 1820 al Ejército libertador.
En el acto se cerró herméticamente la caja, y antes que se separase la comitiva quedó del todo cubierta la superficie. S. E. mandó se pusiese una guardia de oficial, y repitiéndose los vivas, las aclamaciones, las marchas patrióticas y las salvas de artillería, empezó a retirarse este inmenso y memorable concurso. Nada nos resta que añadir a estos detalles hay sin embargo una observación entre otras, que no es posible dejarla al cálculo de los que no han presenciado esta escena, el pueblo que ha mostrado el 16 de mayo un entusiasmo tan ardiente como reflexivo, nada tiene que temer de la fortuna, porque todo debe esperarlo del poder que ha puesto en su alma la naturaleza”.
