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Por Ítalo Sifuentes Alemán
El virrey José Antonio Manso de Velasco, conde de Superunda, gobernó el Perú de 1745 a 1761. En 1746 ocurrió en Lima y Callao uno de los mayores terremotos y maremotos de la historia peruana. El movimiento sísmico fue la noche del 28 de octubre de ese año. Al día siguiente, para evaluar los daños e intentar revertirlos, dicha autoridad salió a recorrer la capital peruana. El día 30, por la noche, llegó al principal puerto del virreinato con el objetivo animar a la población que, despavorida, podía no solo abandonar el Callao sino por siempre dejarlo despoblado.
A continuación, una parte del texto que el virrey José Antonio Manso de Velasco dejó en las páginas con sus memorias de gobierno:
“Uno de los mayores incidentes de mi gobierno fue el terremoto acaecido el día 28 de octubre del año de 1746, a las diez y media de la noche, porque sus consecuencias agitaron mi espíritu a vista de las innumerables necesidades a que no era posible ocurrir, y de la confusión en que se puso todo el orden y gobierno de esta capital, que quedó material y formalmente arruinada.
A mi entrada, con el deseo de darle mayor perfección y hermosura a la ciudad, expedí diversas providencias para que se limpiasen los muladares, se habilitasen los conductos del agua y se empedrasen las calles más retiradas del centro, a fin de que su aseo la hiciese más agradable y su trajín fuese sin incomodidad, pero todo este afán se vio inutilizado y perdido en cortos instantes, y la ciudad sin templo y sin casas quedó hecha un lugar de espanto, a la manera que suelen verse en una guerra los lugares en que entra el enemigo a sangre y fuego, y convierte en montones de tierra y piedras los hermosos edificios.
Pero habiéndose impreso varias relaciones de este infausto suceso, tengo por excusada prolijidad detenerme en lo que está en ellas bastantemente ponderado, y paso a lo que como perteneciente al Gobierno conviene dejar prevenido a mis sucesores, que pueden verse en igual consternación.
Cuando amaneció el día 29 monté a caballo y deliberé rodear la ciudad y pasear sus calles para reconocer la ruina y advertir lo que pidiese más pronto reparo y auxilio, y así lo ejecuté, hasta que se me dio la noticia de la sumersión del Callao, y tuve por preciso restituirme a la plaza, donde me vi rodeado de innumerable gente, que poseída del susto solo pensaba en buscar lugar que no pudiese serle sepulcro, y el resto del pueblo se hallaba alojado en otras plazas, huertas y campañas, sin que ninguno anclase otra cosa que estar distante de ser oprimido de los edificios o paredes que quedaron para aumentar el temor con lo que amenazaban, sin ofrecer seguridad en la aflicción, y necesité de un esfuerzo más que regular para discurrir con serenidad y proveer con prontitud lo que correspondía al alivio común, pues del todo faltaron aquel día las providencias comestibles, y no entró en la plaza ninguna persona de las dedicadas a comerciar en el abasto.
Las panaderías arruinadas, ni podían amasar ni tenían qué, porque las harinas, con el polvo se convirtió en tierra, y no fue de menos embarazo la falta de ministros ejecutores, porque fueron muy pocos los el miedo no hizo olvidar su obligación, pero las eficaces diligencias que interpuse facilitaron el que compareciesen en mi presencia aquella mañana los abastecedores de carne, de las panaderías y otros que podían contribuir a proveer la plaza de comestibles, y conseguí que el día siguiente se viesen en muchos puestos y plazuelas suficiente providencia de lo preciso, y aunque el pan escaseó, no fueron tantos que no se encontrase el suficiente antes de las ocho, y los navíos que sucesivamente fueron entrando en el puerto con trigos, remedió la aflicción en esta parte, porque aunque subió de precio, no faltó, y los órdenes eficaces que expedí para que se pusiesen corrientes las oficinas de panaderías y molinos, abreviaron las obras.
La sumersión que padeció el puerto del Callao poco tiempo después del movimiento de tierra, no habiendo dejado la fuerza de sus aguas más memoria de su población que algunos retazos de muralla, y la pérdida de todos los vasos que se hallaban anclados ya por sumergidos, ya por varados, fue un aumento de dolor y una turbación del entendimiento tal, que habiendo el día 30 esparcídose la voz de que el mar levantándose de su centro se acercaba a ocupar este terreno, sin más examen que el de creer posible toda desgracia, se llenó de clamores el aire, y se pusieron los vecinos en una precipitada fuga, pero habiéndome hecho cargo de supeditar esta novedad todas las fuerzas regulares de la naturaleza, así por la distancia y elevación del mar en que se halla esta capital, como porque no se había repetido movimiento de tierra de igual fortaleza al primero, que fue agente de una elevación en sus ondas capaz de extenderse a tanta distancia, convertí el cuidado en detener la fogosa prisa que se daban para alejarse, y no satisfecho con haber enviado los capitanes y soldados que estaban de guardia a que desengañasen y detuviesen a los que huían, monté a caballo y salí a asegurarles el sosiego del mar, por cuyo medio conseguí que antes de cerrar la noche quedase desvanecido este falso rumor”.
