En 1541, el 15 de noviembre, en Quito, el licenciado Cristóbal Vaca de Castro escribe una carta al rey Carlos informándole del asesinato del marqués Francisco Pizarro y de la rebelión de Diego de Almagro, el mozo. El contenido de la misiva se encuentra en el capítulo LXXXI de la obra titulada Cartas de Indias, que el ministerio de Fomento de España por primera vez publicó en 1877 (en la imprenta Manuel G. Hernández, en Madrid). El conquistador, el 26 de junio de ese año, fue asesinado por los almagristas. Recibió la noticia Cristóbal Vaca de Castro estando en Quito, cuando se disponía llegar a Lima enviado por la monarquía a poner orden entre los conquistadores del Perú, quienes se disputaban los territorios y las riquezas del antiguo Perú. Acá se comparte la historia por este personaje narrada el mismo año del crimen. Tras ocupar casi dos años el cargo de gobernador del Perú, en 1545 Cristóbal Vaca de Castro regresó a España, donde, dueño de una cuantiosa fortuna, falleció en 1566. Este es su testimonio respecto al asesinato de Pizarro.
“Según he sabido por cartas de personas que estaban en compañía y conformidad de aquella gente, y de algunos que aquí han venido, y por otras vías, el matar del marqués Pizarro estaba acordado entre ellos hace días, y así hace mucho tiempo que ellos compraron armas y han llegado a sí la gente que han podido, aunque esperaban que viniese juez y si no quitase la gobernación, luego al marqués y le degollase. Matar a los dos, así también tenían acordado de hacerlo conmigo. Después que supieron por cartas que les escribieron de la Corte y lo publicó el marqués y su secretario que yo no traía poderes para hacer lo que ellos querían y me tuvieron por muerto. Ejecutaron su propósito en la muerte del marqués Pizarro y en alzarse con la tierra, que es lo que deseaban y así parece por las cosas y delitos que después han hecho, de que daré aquí cuenta a Vuestra Merced”.
“Un Juan de Errada, que era como curador de don Diego, hijo del adelantado Almagro, con otros diez que fueron con él, salieron de la casa de don Diego, habiendo poco que el marqués había venido de misa, y no estaban con él sino su hermano Francisco Martín y un Francisco de Chaves, y fueron dando voces por la calle “mueran traidores”, sacadas las espadas y armadas dos ballestas y un arcabuz; y entrando en la casa del marqués, toparon en la escalera con Francisco de Chaves, que se iba a su casa, y allí le mataron y a dos criados suyos; y entre tanto el marqués se vistió unas corazas; y a dos pajes, que defendían la cámara donde estaba, los mataron, y después al marqués con un pasador que le dieron por los pechos, y al Francisco Martín también; y el marqués se defendió valientemente y mató a uno de los contrarios; y entre tanto que esto pasaba, el don Diego con algunos de a caballo por las calles, diciendo que no saliese nadie de sus casas a impedir aquel hecho; y luego hicieron recibir por gobernador al don Diego; y a los que en el cabildo contradijeron, que fue el licenciado Benito de Caravajal y Diego de Agüero, los prendieron y quisieron degollar; y echaron al marqués y a su hermano en la plaza cabe la picota, como a dos hombres comunes y malhechores, y allí estuvieron hasta la tarde, que un Barbaran los echó en una sepultura entre ambos. Saquearon las casas del marqués y le tomaron todo el oro y plata y hacienda que tenía, y pasose a vivir en las casas el don Diego, saquearon las casas de Francisco Martín y Francisco de Chaves y de Antonio Picado; tomaron las naos que estaban en el puerto y les quitaron las velas y timones; tomaron a todos los de la ciudad, los caballos y armas; no les dan lugar que hombre ninguno salga fuera; tienen guardas en los caminos; degollaron públicamente a un Orihuela, dos o tres días después que llegó a Lima de Panamá, dicen que porque los llamó traidores y por alborotador; dícese que han hecho lo mismo de Picado; tienen voluntad, y ponenlo por obra, de hacer lo mismo a los amigos y parte del marqués Pizarro. Y sabiendo mi venida, no han enviado ni escrito, antes enviaron a un García de Alvarado a los pueblos de la costa, Trujillo y Piura, con ciento y cincuenta hombres, en un galeón grande, que era del marqués, para aprenderme, y si no hiciera lo que ellos querían, matarme”.
“Los indios de la isla de la Puna mataron a un Cépeda que los tenía a cargo; dicenme que a su culpa. Luego, se pondrá en ello remedio, y para lo uno y lo otro partiré de aquí en fin de este mes, placiendo a Dios. El cual guarde y prospere la vida e imperial estado de V. M. De esta ciudad de Quito, a quince de noviembre de este año 1541. Cristóbal Vaca de Castro”.